Nicola Drzewicki

Nicola Drzewicki

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Después de pasar seis años estudiando arquitectura en la Universidad de Ciudad del Cabo, abrí mi propio estudio a los 23 años y lo mantuve en funcionamiento, superando todos los vaivenes de este sector, durante quince años.


Nací en una familia de emprendedores y siempre me he considerado muy afortunada por haber contado con el apoyo emocional y los consejos de los miembros de mi familia para trabajar como autónoma. Y sin ninguna duda viví, durante la mayor parte del tiempo, la vida con la que soñaba.


Trabajar duro nunca ha sido un problema; de hecho, me crezco ante las situaciones de máxima presión. Mi amor por el diseño, el estímulo diario de mi espíritu creativo, la complejidad de realizar proyectos a gran escala, la intimidad de trabajar mano a mano con un cliente mientras construía el hogar de sus sueños y el placer de ver cómo veía la luz algo que yo misma había creado me llenaban a muchos niveles, pero, a medida que mi carrera seguía prosperando y el número de proyectos crecía, también lo hacían el estrés y la presión de dirigir mi propio estudio... y empecé a darme cuenta de que ya no me hacía tan feliz como antes. En gran parte se debía a las renuncias necesarias para seguir ejerciendo esta profesión, pero, sobre todo, a cómo veía mi futuro económico. Después de muchos años levantando esta empresa, me di cuenta de que siempre tendría que cambiar mi tiempo por dinero y, peor aún, de que había creado un negocio que nunca podría vender, porque yo misma era el negocio. Por si fuera poco, oía constantemente la voz de mi padre, un gran emprendedor, diciéndome: "Tu objetivo es ganar dinero mientras duermes". Aunque esa idea me resultaba muy atractiva, como profesional no creía que tuviera muchas opciones, si es que tenía alguna, así que empecé a sentirme atrapada en ese mundo que había diseñado para mí.


El día que cumplí 37 años, mi mejor amiga me llamó para felicitarme, y acabé llorando sentada en mi oficina de planta abierta. ¡La jefa, llorando! Tenía acné a pesar de ser adulta, mis niveles de estrés estaban por las nubes, estaba constantemente enferma y agotada y no veía ninguna salida.


Mi amiga se ofreció a mandarme algunos productos de la nueva empresa con la que se había asociado, y tres días más tarde tenía una caja llena de productos de Nu Skin. No podía imaginar que mi vida estaba a punto de dar un giro de 180 grados.


A los tres meses de empezar a usar los productos de Nu Skin, era una persona completamente diferente: el acné había desaparecido, ya no me ponía enferma y me sentía con más energía de la que había tenido en meses. Mis amigos, familiares y colegas empezaron a preguntarme qué productos estaba utilizando y, sin proponérmelo ni desearlo, empecé a promocionar estos productos que habían dado un nuevo impulso a mi vida.


Mi amiga me animó a que pensara en la oportunidad empresarial que representaba, pero yo era muy reacia. No se me ocurría cómo podía añadir un nuevo negocio a mi ya apretada agenda; no estaba buscando un cambio tan drástico ni podía imaginarme vendiendo productos para el cuidado de la piel. ¿Por qué iba nadie a comprar productos de belleza a una arquitecta con acné?


Por suerte, ella insistió. Imaginad mi sorpresa cuando, al ver la oportunidad en su conjunto, me di cuenta de que había encontrado la mejor manera de crear ingresos pasivos, y que el consejo de mi padre sobre hacer dinero mientras dormía empezaba a ser algo factible. Decidí que no perdía nada por probar y, con todos los conocimientos que tenía sobre lo que se necesita para levantar un negocio, simplemente me centré todo lo que pude, puse todo mi empeño y empecé a trabajar (y a hablar) ¡mucho!


De eso hace cuatro años.


Aún hoy tengo que dar un paso atrás para ver lo radicalmente que ha cambiado mi vida. Además de mi asociación con la empresa, del apoyo y los ánimos constantes que recibo de las personas tan increíbles que trabajan en ella, de las recompensas económicas y de la seguridad y solidez que aportan a mi futuro, en los últimos tiempos he recibido el regalo más gratificante de todos: ayudar a personas afines a mí a que crezcan y construyan la vida de sus sueños.


Disfruto de la comunidad que hemos creado en este negocio, del crecimiento personal que experimentamos todos, de la forma en que nos hemos convertido en una familia, de vivir las alegrías y las penas, apuntando siempre juntos hacia lo más alto. Me encanta la oportunidad que tenemos de cambiar las vidas de nuestros clientes mediante productos increíbles y, especialmente, de dar a otras personas, que se sienten tan bloqueadas como me encontraba yo, la oportunidad de crear la vida que desean.


El mejor regalo que he recibido es la oportunidad de dar algo a cambio. Mi mayor logro es haber sido reconocida como la primera Embajadora Jefa de Nourish the Children en Sudáfrica, un título del que estoy orgullosa y por el que trabajaré siempre sin descanso.


Creo firmemente que nuestro negocio nos exige ser la mejor versión de nosotros mismos y todos los días lucho por lograr un cambio positivo y duradero en la vida de otra persona.


Estaré siempre en deuda con los que creyeron en mí cuando yo no veía futuro, que invirtieron su tiempo y energía en enseñarme un camino nuevo y mejor. Estaré agradecida toda mi vida por lo que supone esta oportunidad para mí, para las personas que forman parte de mi vida y de mi equipo, con todo lo bueno y lo malo; aquí crecemos como en ningún otro negocio que conozca, haciéndonos mejores.


¿Quién habría imaginado que una arquitecta encontraría aquí una segunda oportunidad para crear toda una nueva vida? Supongo que eso es lo que más valoro de mi nueva “carrera profesional”… que todos podemos hacerlo y, cuando lo haces, ¡te cambia para siempre!

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